1 de agosto de 2015

Après la petite mort


Si amar es sentir mariposas en el estómago, perder es verse devorado por cientos de ellas, es sentir pudrirse el corazón, congelarse las venas y taparse los poros. Si amar es darlo todo, perder es querer que todo te quiten menos lo que no tienes, es nunca tener suficiente pese a tenerlo todo, porque todo es poco cuando nunca tendrás lo que te falta. Cuando llorar no alcanza, ni creencias ni valores te hacen entender lo inentendible o aceptar lo inaceptable, por inevitable que sea. La falta, un abismo desbordado de nada, un final interminable, la tempestad sin calma, un verso de una sola palabra, un cojo con tres piernas, una acepción que nunca muestra el diccionario, una canción cuyo título te empeñas en recordar pero nunca has escuchado, un invento. Egoismo, doloroso egoismo. Soledad en compañía. Madurez. Soledad, sólo soledad. Y ya está.

16 de julio de 2011

Juego de tontos.

Ya no me sienta tan bien el alcohol y me cuesta fumar un cigarro nada más despertarme. Debo estar haciéndome más joven e iluso a cada día que pasa. Envejezco descontando experiencias, desaprendiendo. Me cago encima todo el rato, debería comer más verduritas a la plancha y menos pato Pekín. Debe ser por eso que todas las mujeres que dicen quererme se follan a otros mientras declaran su devoción por mí. Al menos cada vez soy un poco más libre, un poco más niño. Despejar la ecuación es la clave. Despejar, despejar. Puede que sea el bicho raro más atractivo de mi gueto, pero también soy como el perro del hortelano, que ni quiere ni deja querer. Yo no sé lo que quiero, nunca lo he sabido; sólo estoy casi seguro de lo que no quiero. Vivir por descarte no es una buena filosofía, al menos si quieres ser emocionalmente estable. 

Desde que he vuelto del congelador están lloviendo ostias, y es que el clima está muy loco, como yo.

6 de mayo de 2011

Puerto de embarque.

Hacía tiempo que no la veía. Estaba preciosa, radiante. Sonreía más de lo habitual. Esa noche me quería, también más de lo habitual. Me miró, por sus ojos pasó una chispa amarilla, le brillaban mientras me proponía bañarnos desnudos en el Mediterráneo. No dije que no — nunca he sabido decirlo —.

No fue una escena de comedia romántica. Tardamos en encontrar una playa alejada, la luna no ayudaba lo suficiente a distinguir el terreno. Tras varios intentos, encontramos un lugar suficientemente privado. Durante un momento, ambos dudamos, nos invadió una vergüenza que no debería caber entre dos personas que ya reconocen sus cuerpos desnudos. 

El agua estaba tibia y la notaba acariciándome, apretándose contra mi cuerpo como las manos de un gigante. Ella seguía sonriendo, eso me gustaba. Había espacio entre nosotros, entre nuestros cuerpos sin cubierta. Poco a poco ésta se acortaba, las olas ayudaban a acercarla más a mis brazos, hasta que éstos se cerraron sobre ella y sentí su pecho sobre el mío, su vientre se hizo hueco frente al mío, sus piernas se cruzaron tras mis rodillas y mis brazos tras su espalda. Quise alargar ese momento durante horas, pero un beso destrozó sin piedad el suspense que nadaba con nosotros en ese agua oscura.

Aeropuertos en escabeche.


— ¿Qué hace una chica como tú en un lugar como este?
— Supongo que esperar a que alguien como tú me hiciera una pregunta como esa.
— Bueno, pues ya la he hecho.
— Cierto. Ya puedes irte.
— ¿A dónde?
— No sé. No me importa. Simplemente vete. ¿No tienes a dónde ir?
— Ahora ya no. Estoy donde quiero estar.
— Cuando yo pueda decir eso, será el momento de seguir nuestra conversación.

Acto seguido, se ajustó la mochila, dio media vuelta y desapareció entre el estruendo de unas escaleras mecánicas bajando sin parar, mientras la mirada de él la perseguía, incapaz de hacer nada más ante aquella verdad irrefutable. No la volvió a ver nunca más.

Lucky, please.

Frente al Museo del Reino de Bohemia, cuatro jóvenes alemanes se preparan para comprar tabaco en uno de los kioskos locales. Como si de un rito de paso de la adolescencia se tratase, el más alto se ajusta la camisa, hace un par de movimientos energizantes con el cuello y se acerca al dependiente. Todo su lenguaje corporal lo delata, se frota la nariz constantemente y mira de reojo al grupo, que lo apoya en la distancia, resguardados de las miradas del tendero checo.

Pese a unas manos torpes y nerviosas, el chico mete rápidamente el paquete de tabaco en su bolsillo y unas monedas cambian de mano. Sin dejar de tocarse la nariz, se gira a su izquierda y camina varios pasos hasta el grupo, que lo espera con una silenciosa pero alegre bienvenida. El cambio, aún en la mano del chico, se desliza entre sus dedos hasta otra mano, esta vez de una chica oronda y alta, que dispone, a su vez, la otra mano, esperando recibir el tabaco de su orgulloso amigo.Tras esto, vuelve a ajustarse la camisa con un gesto chulesco, se pavonea dando unos pasitos y el grupo entero se aleja de mi vista.

28 de noviembre de 2010

Autoestimas recalentados.

Una incómoda y extraña sensación en el estómago y unas pinceladas de remordimiento que nunca llegas a entender es todo lo que queda. El recuerdo anterior es sólo un aquelarre al viejo estilo, pociones nigrománticas que resucitan a los muertos, a los deseos muertos y escondidos, en estos casos. No importa tanto quién se dice ser cuando llega el clímax de la transformación. Desesperación y necesidad, binomio inseparable producto de esas horas en las que más le valdría a uno estar durmiendo.

De repente saltan a la palestra todos juntos. Amor y desamor. Sexo sin punctum ninguno. Tragedias del día a día. Presente y pasado, nunca, nunca, nunca futuro. Quise ser y no fui, fui sin querer ser. Complejos y más complejos, principio básico de la transformación. Aceptación. Inestabilidad. Rabia, hastío, tristeza, amargura, vergüenza, excitación. ¿Felicidad?

Joder, pero si el depravado aquí ¡era yo! ¿Qué pasa ahora con toda esa indignación y caras de extrañeza ante mis comentarios y mi humor negro? Al menos es eso, humor. Sarcasmo involuntario de demasiada gente. De nuevo un “Show de Truman”, no es la primera ni la última vez que me vigilan, que se ríen de mí.

Uncontroled behaviours and nothing more.

27 de octubre de 2010

Autoestimas precocinados.

Al final, la única verdad es que todos estamos solos.

Hacerse el duro nunca se nos ha dado bien, incluso cuando es cierto. Ya es necesidad y no placer. Somos enemigos. Rivales. Más guapo, más listo, más audaz, más rápido, interesante e inteligente. ¡Dímelo! Quiero —necesito— escucharlo sin parar, como si se tratase de una de esas cintas de autoayuda. Dímelo, dímelo, ¡dímelo! Una y otra vez no es suficiente, siempre quiero —necesito— más. Autocompasión en una taza grande y calentita, hoy nadie me dijo lo atractivo que soy. Hoy mi estima se derramó sobre la mesa de la cocina con la primera taza de café soluble, y mi ego se disolvió con él.

Me asfixia el insensible eufemismo y violento sarcasmo de las redes sociales y quienes en ellas buscamos reconocimiento, también el humo de los bares con música alta, en los que nadie alcanza a escuchar a los demás —como si eso importase—, ahogándose en litros de alcohol esperando una mirada, esperando rechazar a otro alguien en tu misma situación —de nuevo enemigos, rivales— para volver a casa después, otra vez, igual que fuimos: solos y, si cabe, más vacíos.

Sonríe. Me gusta tu boca, tus dientes, tu sonrisa. El flash de la cámara los favorece. Tú sonríe, ya te ocuparás de si tienes motivos, o no, otro día. Carpe diem, aunque nunca puedas entender la profundidad de lo que quiso decir eso.

15 de septiembre de 2010

Parecía fácil.

Pues sí, el aire danés se clava en la garganta cuando uno va en bici. Da igual que hayas invertido en ella, que la hayas robado o que estuviera abandonada. El aire sigue siendo igual de frío.

Caras nuevas, muchas, de hecho, tantas como personas a las que me debería dar a conocer. Prejuicios habituales que han de ser eliminados, presentaciones, besos, dar la mano, menos besos. "Hi, bye, nice to meet you, where are you from?". 

Temo por mi salud mental al echar el pestillo una tarde cualquiera y poner el primer pié sobre el pedal. El funcionamiento es como todo, apoyas, fuerzas, empujas, te mueves. Como aprender a andar una y otra vez. Como conocerte de nuevo cada día: palpas, aprietas, deslizas. Te mueves dentro de ti o algo en ti se mueve. Pero no me gusta dejarme toquetear por todos, es muy privado, muy mío, muy yo. Las llaves del cielo no las copian en la ferretería. Entiéndase, a veces mi pobreza léxica precisa de alguna que otra alegación religiosa, por todos es conocida mi faceta piadosa. Y vaya, al final voy pedaleando. Resultó ser sólo cosa de unir movimientos simples, uno tras otro, el "un, dos, un, dos" más sencillo jamás visto. 

Y, sin embargo, a veces se me olvida y me hallo encerrado en un triunvirato temático ,entre parecer, aparentar y querer ser, y es entonces cuando no recuerdo hacia dónde quedó la estación. Los puntos cardinales pierden su sentido habitual y se tiñen de gris -un gris de esos que no gustan a nadie- mezclándose unos con otros, llevándome al mismo sinsentido pero en un espacio nuevo y desconocido.

Hoy, por suerte, la lluvia me rescató. Me hizo pensar: ¿quién mejor que yo mismo para compartir este momento?

10 de junio de 2010

Hola, soy Guybrush Threepwood y quiero ser un pirata.

Me quitan de las manos mis múltiples personalidades, mis desvaríos menos profundos y mis pensamientos más salvajes. Ay, Campanera, aunque la gente no quiera, soy un freak de las pequeñas cosas. Desquiciado, eso es lo que estoy, encerrado en mi jaula con la llave atada a los genitales, que decir huevos está mal visto. Esto es como alguna de esas urdidas trampas de Saw, que en cuestión de 24 horas ha conseguido que se ejecuten sus tres millones de pruebas sin fallo alguno, con una precisión más profética que propia de una ingeniería concienzuda.

Desde mi jaula, saludo a mis deseos truncados de ser pirata; a Guybrush Threepwood por su ridículo nombre y el humor que lo rodea; a los roedores que roen robles, sean cuantos sean; a mis amantes secretas y a las mujeres de las que soy amante sin saberlo; a las cosas que podría estar haciendo ahora mismo, pese a las horas que son, tan socialmente inaceptadas; a mi agente de la condicional; a mi maquilladora; a la bailarina de striptease a la que nunca dejaré un dolar sujeto en el picardías; al primer hombre que pescó con un palo afilado y al segundo también, porque no deja de ser difícil hacerlo; a los barrenderos; a las estrellas de Hollywood y a los cometas de Halley; a Obama, por ser negro como el petroleo que ensucia el capital de su país; a los ingenuos; a los pseudoinconformistas que debería haber dicho Máximo; a Saussure, Pierce y el resto de incomprendidos de todos los tiempos; a los rusos; a las rusas; a la opción de alargar la alarma en el móvil; a mis genitales y su llave colgando y, en general, a todos los que no sepan qué hacer con su vida.

Se me olvidó.

Va a ser, quizás, la entrada más estúpida, espontánea y realmente inútil que publique en plenas facultades mentales, pero se me olvidó. Se me han olvidado tantas cosas de impecable estética, cuantas ocurrencias originales propias de un erudito del ritmo escrito han desaparecido igual que vinieron, sin esfuerzo alguno. Parece ser que lo mejor de nosotros se queda en eso, en nada, en una fugaz lucidez tan poética como el alma de lo que quiera que la inspirase, tan muerta como si nunca hubiera existido. 

Construcción, deconstrucción, reconstrucción -esto va a parecer algún tipo de elogio no deseado- son conceptos ciertos al fin y al cabo; cíclicos. Ciclos, círculos, espirales que acaban en el vacío y vuelven a su inicio de alguna manera. La cuadratura del círculo es como la circularidad de la vida, casi un juego de palabras que puede significar o no hacerlo. ¿Para quién sino para uno mismo? A veces pienso que mi vida, la vuestra, la de ellos -quienes quiera que sean- es un Show de Truman a escala global, pero el público y, hasta Truman, se ríen de nosotros mientras comen palomitas tamaño XXL con una mano en un sofá de cuero negro y acarician a un gato alopécico con la otra.

Creo firmemente que disfrutar estudiando me está transformando en un ser horrible en muy poco tiempo, me estoy obsesionando con detalles tan lejanos y cercanos al mundo que me rodea que tengo miedo de haber entrado en una fantasía y despertarme al día siguiente con la luz de un ventanuco y las manos atadas a la espalda, esperando que se abra la rendija de la portezuela para que aparezca casi mágicamente mi ración de psicodepresores.

¿Quién es quién hoy en día? ¿A dónde va toda la gente con la que te cruzas en el metro? ¿Ese hombre, no se da cuenta de que huele a sudor? Si me acerco a una chica y le sonrío ¿debe gustarme? ¿debe pensar que me gusta? ¿debo pensar que me gusta o pensar que ella lo piensa? ¿no puede uno simplemente se agradable? ¿todo lo que damos es a cambio de algo de igual o superior valor? El día que de respuesta a estas y otras muchas preguntas, estaré al borde de la muerte en algún hospital de la sanidad pública, en el mejor de los casos con algún familiar esperando el momento fatal y final.

Hay quien vive su realidad tangible, lo que no puede tocar con la punta de los dedos no existe y al revés. Y bien, ¿es más real la suya que la mía? Hay tantas cosas que me gustaría que los demás tocasen con sus propias manos, hay tanto tacto por descubrir que suelo sentirme pequeño, muy pequeño, y desaparecer entre la multitud de borricos teledirigidos de orejas largas para taparse los ojos. "How many times can a man turn his head and pretend that he just doesn´t see?" La respuesta, amigo Dylan, no está en el viento, está en mitad del bosque, justo donde cayó aquel árbol cuyo sonido y color nadie conoce.

Construcción, deconstrucción, destrucción -la variante- el fin del camino, si decides que sea así.

He dicho.